Cómplices sella una novena edición de cine

Alrededor de 350 personas se congregaron en el Euskalduna Bilbao para reflexionar y dialogar en torno a la diversidad y la igualdad en clave de cine. Esta edición se ha contado con la complicidad de Maier, Eika, Labora Kutxa y Danobat Group.
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23/11/2022

Con los testimonios de la guionista de la docuserie de Netflix ‘Nevenka’, Marisa Lafuente, la actriz y autora Leticia Dolera y el reportero de guerra Antonio Pampliega, ha quedado demostrado que las producciones audiovisuales son vehículos poderosos para denunciar las desigualdades, pero que tampoco están exentas de sesgos machistas.

La IX edición de las jornadas anuales que organiza el Observatorio para la Igualdad de Eroski, Cómplices, ha ido de cine en todos los sentidos. Alrededor de 350 personas, entre las que se encontraban representantes del rico tejido asociativo vizcaino y alumnado y profesorado de las universidades, institutos y escuelas de cine vascas, acudieron a la llamada de Cómplices para encontrarse con profesionales con una larga trayectoria poniendo el foco sobre las desigualdades.

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Abrió el evento Marisa Lafuente, cineasta independiente y autora del guion de la docuserie de Netflix ‘Nevenka’. Lafuente desgranó los tiempos, la aproximación y relación con las voces protagonistas, así como la intensa labor de investigación detrás de la producción audiovisual que devolvió a la actualidad la historia de la pionera del movimiento ‘Me Too’ en España.

Marisa Lafuente es responsable directa de que Nevenka Fernández se sentara 20 años después delante de una cámara «para contar la verdad». Esa verdad que la llevó a ser la primera mujer en denunciar y ganar – aunque con una sentencia muy tibia- el primer caso por acoso sexual y laboral contra un político en España.

Nevenka ganó en los tribunales, cierto. Pero perdió el juicio popular, aspecto en el que la producción de Netflix hace hincapié, invitando a toda la sociedad a hacer un examen de conciencia. Nevenka dio la cara y denunció «para seguir viva», después de conocer en un servicio psiquiátrico de urgencia que aquello que le pasaba se llamaba acoso. Sin embargo, la sociedad de entonces la condenó hasta tal punto que tuvo que marcharse del país.

A través del testimonio de Marisa Lafuente, el público conoció que, tras el proceso, Nevenka jamás consiguió un trabajo «desde el que poder reconstruirse», a pesar de su brillante currículum. «Ella dijo que ‘no es no’ y nadie lo entendió, nadie lo respetó», explicaba la guionista. La sociedad española había dictado su propia sentencia.

Con el documental, alumbrado por la productora Newtral de Ana Pastor, a la que Marisa Lafuente pertenece, pretendía saldar esa deuda con Nevenka y alentar a «todas las Nevenkas que hay en el mundo» a que den el paso de denunciar a sus maltratadores. Pero logró mucho más por el camino, que la sociedad que la repudió reflexione y la reconozca como lo que fue siempre, una víctima del machismo legitimado. Con ello, «Nevenka se siente hoy reparada», explica Lafuente, para concluir que «por eso el cine de denuncia es tan importante, porque una historia bien contada puede restituir la verdad».

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Pero no todos son luces en la industria de lo audiovisual. La segunda ponente en subir a escena, la actriz y autora Leticia Dolera, destapó los sesgos machistas que prevalecen detrás de las cámaras y que ella misma ha sufrido en sus carnes.

Como cuando siendo una jovencísima actriz sopesó si merecía la pena desnudarse sin un guion lo justificara para obtener un papel protagonista. Lo rechazó. O cuando un realizador, al finalizar una grabación, le tocó el pecho «¡dos veces!» porque consideraba que estaba en su derecho.

Esas vivencias, de las que solo dio dos de innumerables ejemplos, sumadas a las sufridas por sus compañeras de profesión, son las que la llevaron de pensar que el feminismo era «un montón de mujeres enfadadas gritando» a ser una de sus mayores defensoras en el sector. Es feminista y, sí, está enfadada. Por lo que a ella misma le ha tocado vivir, «lo personal es político», pero también por los datos que arroja la industria, que no dudó en mostrar. Como que las producciones dirigidas por mujeres reciben la mitad de presupuesto que las capitaneadas por hombres, que sólo el 15% de las realizadas en 2020 estuvieron bajo el mando de una mujer, o que en 20 años de Premios Goya únicamente 3 directoras se han alzado con la estatuilla a la mejor película. Al amparo de estas cifras, extraídas del estudio de CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas y Medios Audiovisuales, Dolera defendió la existencia de cuotas en el cine. «Yo era de las que quería ser reconocida únicamente por mi talento, que pensaba que se abriría paso solo, pero es innegable la existencia de una profunda desigualdad que es a día de hoy imposible de salvar por nosotras mismas», argumentó.

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Por último, tomó la palabra un profesional curtido literalmente en mil batallas. Antonio Pampliega, reportero freelance de guerra, ha cubierto los conflictos de Afganistán, Somalia, Sudán del Sur, Ucrania, Irak o Siria, entre otros. En 2015 pasó de firmar crónicas de guerra a ser protagonista, muy a su pesar, cuando fue secuestrado durante 299 días en Siria por una facción de Al Qaeda. Un «accidente laboral» que reflejó en su primer libro, ‘En la oscuridad’.

Pampliega subió al escenario de Cómplices para afirmar que, como él durante su cautiverio, toda Europa vive en la oscuridad. Una oscuridad amable, una burbuja de normalidad, ajena al hecho de que «vivimos en un mundo en guerra, con conflictos que se remontan a décadas atrás. Hay países jóvenes que no saben lo que es vivir en paz», explicó.

El periodista y escritor trajo la guerra a Cómplices. La de verdad. «El cine la mitifica y dignifica, con super producciones donde brillan los héroes y los gobiernos. Cuando estudiaba periodismo, todos queríamos ser reporteros de guerra. No teníamos ni idea de lo que era en realidad», explicó.

Sobre la pantalla de la novena edición de Cómplices, Pampliega mostró lo que sí es la guerra: una catástrofe de dimensiones épicas que siembra desolación, violación de los derechos humanos y la muerte de millones de personas inocentes.

En este contexto, tan crudo, duro y peligroso, Antonio Pampliega puso en valor la labor de los corresponsales de guerra, que ponen en riesgo su propia vida para «ser los ojos de quienes no pueden ver y la voz de quienes no pueden hablar. Nos debemos a la gente y a la verdad. Somos su único canal de denuncia».

Es por este motivo, según argumentó, por el que la población civil accede a que los objetivos se acerquen a escenas tan íntimas como el último adiós a un familiar mutilado por una explosión, como se pudo ver en Cómplices. «Porque confían en la prensa. Creen que esa fotografía va a ser capaz de parar la guerra, cuando no es cierto», se lamentó. «Y aun así, los periodistas vamos. Aun así, nos arriesgamos, para que sepan que no son indiferentes y para que el resto del mundo conozca la incómoda verdad que sucede fuera de sus límites territoriales de confort», concluyó.

La novena edición del encuentro anual bajaba así el telón, dejando el listón muy alto para la décima. La Generación Cómplices de Eroski acepta el reto.

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