Una canción de Marilyn
Personalmente, siento cierto alivio al oír esta noticia, pues el planteamiento de operar obligadamente con una moneda digital oficial (CBDC), creada en el caso europeo como un instrumento de control socioeconómico, siempre me ha preocupado, por la amenaza que supone, no sólo para la privacidad de las personas, sino también para su libertad. Algo que el Parlamento Europeo parece compartir.
Implantando una moneda digital centralizada ya no existirá el dinero en abstracto, no será como ahora, que operamos con unos billetes prácticamente anónimos, sino que cada simple céntimo gastado o anotado en nuestra cuenta bancaria será único, estará monitorizado y vinculado a la identidad de su poseedor temporal. Este constructo hipotético ofrece demasiadas tentaciones para quien controle el sistema monetario y para que termine aflorando alguna maldad con la que atormentar selectivamente a los ciudadanos con esta nueva dictadura digital.
Sin embargo, a pesar de esto, no descartaría aceptar la adopción de un modelo de moneda digital basado en otros fundamentos, en principio, descentralizados, de difícil manipulación por los grupos de poder y menos focalizados en el control ciudadano. Aunque para eso, ya tenemos las criptomonedas actuales y algunos tipos de stablecoins respaldados por activos de cierta confianza. Una confianza que crece en la medida en que los gobiernos emiten deuda como si no hubiera un mañana y van devaluando sus monedas que, a este paso, serán pronto papel mojado. Las últimas escaladas en el precio de los activos refugio no responden a un verdadero incremento intrínseco de su valor, sino a la desconfianza en las divisas en las que se fijan los precios.
La otra cuestión que, más solapadamente, ha generado el retraso en la implantación del Euro Digital, es el pánico de la banca a perder su negocio natural en el nuevo marco monetario. Su tarea de generar crédito y hacer que la economía fluya, queda muy cuestionada.
En general, se considera a la banca un actor confiable en su función multiplicadora del dinero, o más bien, de la masa monetaria, y esto lo hace ejecutando un proceso en el que un mismo depósito vuelve a prestarse y depositarse repetidas veces de forma fragmentada. Sin embargo, es imposible operar así con una moneda digital monitorizada, que no admitirá ser poseída por más de un depositante simultáneamente. Por eso, el temor de los bancos parece justificado, y desconozco si puede existir una alternativa técnica a este dilema.
Visto así, una crisis financiera sistémica parece menos probable, aunque será a costa de reducir el impulso crediticio que mueve la economía (no cabe duda de que gobiernos y bancos centrales solventarán esto con emisiones masivas de moneda, de nuevo). Al final, parece que los bancos quedarán sólo como gestores de banca de inversión, transferencias y medios de pago. En este punto, encontraría interesante conocer cuál va a ser el posicionamiento estratégico de nuestra banca cooperativa…
Con estas reflexiones, he recordado una bella canción titulada One silver dollar, cantada por Marilyn Monroe en la película Río sin retorno de 1954*. Nos habla de un dólar de plata que rueda sin cesar, cambiando de manos una y otra vez, que puede usarse para pagar una cerveza, o ser desperdiciado, robado, apostado; perdido en el polvo y, mientras se desgasta en su viaje, va cambiando la vida de las personas.
La próxima generación, viendo en la pantalla de su dispositivo electrónico un apunte en cuenta de sus euros digitales ¿Comprenderá el estribillo de esta canción y lo que fue realmente el dinero?