Colaboraciones

Qué y dónde tienes que estudiar para formarte en tecnologías punteras

25/11/2019

Inteligencia artificial, ciberseguridad y ciencia de datos son las estrellas en las empresas y las ausentes en los grados universitarios. La enseñanza va por detrás del mercado.

Es la Edad de Oro de la ingeniería. Pero no hay ingenieros. Llega el tiempo deslumbrante de la Ilustración digital. Pero no hay Academia. ¿Dónde aprender lo que no se enseña? De tan repetido, produce hastío teclearlo. “El-hombre-debe-estar-preparado- para-profesiones- que-aún-no-existen”. Formarse en lo que nadie conoce, en aulas sin construir donde imparten clases profesores que ignoran las materias. Leída despacio o deprisa, la frase es una traición a Sócrates y su dialéctica. También es un engaño a los saberes que urgen en esta era. “El 35% de los trabajadores europeos no tiene los conocimientos básicos digitales imprescindibles en la mayoría de los trabajos actuales”, advierte, por correo electrónico, un portavoz de la Comisión Europea. Y el año que viene harán falta 750.000 expertos solo en el espacio de las TIC. Pero no están. ¿Dónde aprender lo que no se enseña?

La respuesta no llega con el viento, sino con la lógica socrática. Situar el futuro a corto plazo. Aprender por elevación. Matemáticas, álgebra lineal, matrices, programación, física, estadística, ética. Trabajar en lo concreto. Análisis de datos, ciberseguridad, inteligencia artificial, blockchain, impresión 3D, machine learning. La distancia y las fuerzas gravitacionales generadas por estos universos han abierto un agujero de gusano. A través de él viajan no solo estudiantes de ciencias, sino, lo que resulta inesperado, también de otras materias. Esos saberes nuevos no pertenecen únicamente a la tecnología y sus expertos.

 

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España tiene al menos 10.000 empleos sin cubrir en los oteros de la ciencia y la tecnología porque faltan candidatos. Pese a todo, habitamos la paradoja. El país está por encima de la media europea en número de titulados en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (CTIM). Hay 21,6 graduados por cada 1.000 habitantes. En el Viejo Continente el ratio es 19,1. Poco importa. La sociedad tiene que atender la plegaria tecnológica. “Nunca ha habido un tiempo mejor para ser ingeniero”, refrenda David Lakin, director de Educación del Institution of Engineering and Technology (IET) de Londres, quizá el lobby ingenieril más poderoso de Europa. La razón es sencilla: hoy todo es tecnología, hoy todo es digital.

  • Crear nuevos grados

 

Las universidades públicas y privadas han lanzado al mercado un orgiástico torbellino de grados, másteres y cursos que buscan dar respuesta a una demanda de las empresas y la sociedad y a la vez generar un inmenso negocio. En los libros de texto digitales, los principales anaqueles los ocupan la inteligencia artificial, el análisis de datos y la ciberseguridad. La Santa Trinidad educativa de estas primeras décadas del siglo XXI. A partir de ellas, y sus intersecciones, los centros han enlazado muchas variantes y programas. Algunos, sólidos; otros tan apresurados como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas. Aunque todos defienden su excelencia. “Las universidades que contamos con un departamento de investigación potente tenemos más flexibilidad para construir los programas”, sostiene José Miguel Atienza, vicerrector de Estrategia Académica de la Universidad Politécnica de Madrid. Dos ejemplos. El año que viene lanzan un grado en Inteligencia Artificial y un máster en Digital Factory.

Un máster es una respuesta rápida a una demanda rápida. Un año, ¡y ya estás fuera!”, critica Aitor Bediaga, responsable del grado en Business Data Analytics de Mondragon Unibertsitatea. “Pero las compañías exigen más conocimientos. Hacen falta más grados y los máster tienen que ser aún más específicos”.

Sin embargo, este empeño ha tropezado con el tiempo. “Llego tarde. Llego tarde. A una cita muy importante. No hay tiempo de decir: hola, adiós”, le espetó el conejo a Alicia. Las prisas actuales también llegan tarde. En el Plan Bolonia se optó por una ruta que consistía en cuatro años de grado y un máster, de un año, con el que especializarse. Había otra vía, recuerda Daniel Riera, director de TI de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), que planteaba tres años de grado y dos de máster. “Quizá hubiera sido mejor para conseguir una formación más práctica”, comenta. Esta estrategia responde, sobre todo, a la presión de las empresas por cubrir sus intereses. ¿Dejaremos que lo hagan? ¿Los estudiantes aprenden para ser ciudadanos o para encontrar empleo? “Hay una lucha. Son mundos con propósitos y misiones diferentes. El mercado exige una aplicación inmediata pero el territorio de la educación debe regirse por sus propios parámetros”, advierte Álex Rayón, vicerrector de Relaciones Internacionales de la Universidad de Deusto. Aunque parece imposible resguardarse de la tensión de la demanda.

  • Reordenar la enseñanza

“La falta de vocaciones científicas y de ingeniería es un problema grandísimo. La solución pasa por reordenar las enseñanzas. O posees unos mínimos de esos saberes o resulta muy difícil tener hoy espacio laboral”, avisa el docente. Los centros lo saben, los alumnos lo saben; todo el mundo lo sabe. Y las universidades lanzan cursos con títulos que nadie jamás pondría a una novela del boom latinoamericano. Máster en Programación Web de Alto Rendimiento (Universidad La Salle), Grado en Matemática Computacional (Universitat Jaume I), Máster en Computación de Altas Prestaciones (Universidad de Santiago de Compostela), Máster Universitario en Image Processing and Computer Vision (Universidad Autónoma de Madrid), Máster Universitario en Ingeniería Fotónica (Universidad de Alcalá). Desde luego, no resulta casual que la mayoría de estos títulos arranquen con la palabra “máster”. Es la formación más utilizada en el espectro digital. Los cursos se pueden montar con mayor velocidad que los grados. 

Texto original: https://retina.elpais.com/ 

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