Colaboraciones

Paul Collier: “El capitalismo no funciona sin cooperación y mutualización”

21/07/2020

El profesor de Economía de Oxford pide gravar a las grandes metrópolis para revivir aquellas regiones más deprimidas que se han visto perjudicadas por la deslocalización de empresas.

Ansiedad es, quizá, la palabra que mejor define lo que va de siglo en Occidente. Ansiedad ante la inseguridad laboral a la que se enfrentan las cohortes más jóvenes; ansiedad provocada por la desigualdad, por ver a través de la pantalla del móvil la exhibición de vidas a las que muchos ni por asomo pueden aspirar a vivir; y ansiedad, ahora también, ante una pandemia que amenaza con sacudir los cimientos sociales que aún quedaban en pie y que está obligando a los Estados a quemar naves para evitar otra Gran Depresión. Hay un consenso más o menos claro en torno a las causas de esta nueva (o quizá ya no tanto) sensación de pesimismo e incertidumbre radical: una mezcla de cambio tecnológico acelerado con globalización de la producción, que ha dejado a grandes grupos de personas con habilidades obsoletas o mucho peor pagadas, que ha trasladado las áreas más fácilmente replicables de la industria a países emergentes en busca de mano de obra barata y que, en última instancia a los vocingleros de soluciones fáciles y radicales para problemas complejos.

Con este diagnóstico en la mano, Paul Collier (Sheffield, Reino Unido, 71 años), profesor de Economía y Políticas Públicas de la Universidad de Oxford, trata de ir al fondo del “síndrome del declive” cuyo inicio data, en realidad, casi cinco décadas atrás. “La crisis de 2008 y 2009 puso de relieve el pesimismo, pero era una tendencia que ya venía creciendo desde mediados de la década de los ochenta”, desgrana Collier por videoconferencia. Ese pesimismo está en buena medida justificado: hoy ya la mitad de la generación nacida en los ochenta vive “rotundamente peor” que sus padres a su misma edad, tal como recoge en su último libro, El futuro del capitalismo (Debate, 2019).

El capitalismo —”el único sistema que funciona, pero que periódicamente se sale de su raíl”— tiene como “principal credencial mejorar el nivel de vida de los ciudadanos ininterrumpidamente, y ahora no lo está consiguiendo con mucha gente”. Y tiene ante sí, remarca Collier, una peligrosa doble brecha que amenaza con descarrilarlo. La social, “de habilidades y moral”, que separa a las familias “de superéxito” de aquellas que “se desintegran en la pobreza” y para la que reclama un regreso al comunitarismo impulsado en la edad de oro de la socialdemocracia y un combate sin tregua contra el hiperindividualismo. Y la geográfica, que parte a casi todos los países occidentales en dos bloques claramente diferenciados: metrópolis florecientes, despegadas social y económicamente del resto del país —”ya no son representativas de la nación a la que pertenecen”— y ciudades más pequeñas, otrora pujantes e industriales como su Sheffield natal, Detroit (EE UU) o Lille (Francia), golpeadas por la pérdida de población y el traslado de la metalurgia y las manufacturas hacia países con menores costes laborales.

Para esta segunda grieta, la geográfica, que se retroalimenta con la social y educativa, solo encuentra una argamasa posible: un impuesto específico a las megalópolis —”que se benefician de inversiones nacionales y una dosis de buena fortuna”— y dedicar lo recaudado a relanzar las ciudades deprimidas con planes de política industrial de diseño descentralizado que restauren su condición de “clústeres de trabajo productivo y no con prestaciones sociales para sus habitantes”. “Las grandes urbes deben compartir lo que obtienen, en buena medida, gracias a los bienes públicos que proporciona toda la nación, como el Estado de derecho. No tiene sentido que la apreciación del valor del suelo urbano metropolitano esté sometida a impuestos tan bajos”.

Productividad

Aquí también, la década de los ochenta es el punto de quiebre. Desde entonces, con el auge de la economía del conocimiento, el diferencial de productividad entre las ciudades punteras y el resto del territorio se ha ampliado en un 60%. “Hasta ahí las diferencias de ingresos entre regiones se habían ido reduciendo, tanto en EE UU como en Europa. Pero las mismas fuerzas que impulsaron a las metrópolis deprimieron estas ciudades. ¿Dónde está la noción de obligación recíproca?”, se pregunta.

Collier aboga por un “pragmatismo” que se imponga en la toma de decisiones a los dogmas de los Donald Trump y Marine Le Pen de turno —pero también, dice, a los cantos de sirena “populistas” de los Jeremy Corbyn o Jean-Luc Mélenchon—. Y apela, sobre todo, al reverdecimiento de un concepto, comunidad, que ha quedado absolutamente sobrepasado por la individualidad. Frente a los nacionalismos excluyentes, dice, la medicina debe ser un “patriotismo benigno” y un sentimiento de “pertenencia compartida” que sirva como pegamento en unas sociedades cada vez más desunidas.

“La socialdemocracia solo se recuperará cuando vuelva a sus raíces comunitaristas y a la tarea de reconstruir una red de obligaciones recíprocas basadas en la confianza que aborde las ansiedades de las familias trabajadoras”, sostiene. “Al renunciar a los relatos de pertenencia basados en el lugar compartido y algunos propósitos básicos, se ha cedido espacio a los relatos de pertenencia divisivos y de exclusión de otros. Lo que hemos visto estos años es que un capitalismo sin un grado alto de cooperación y mutualización no funciona. Es un error que empezó con [Milton] Friedman y con una mala interpretación de lo que dijo Adam Smith, y que sigue hoy”.

El capitalismo “sano, social y con propósito” que defiende Collier es aquel en el que hay competencia y en el que sus miembros reconocen responsabilidades hacia los otros y un deber de protección al prójimo. Se consiguió entre el final de la Segunda Guerra Mundial y finales de los setenta, pero la irrupción de un individualismo hipertrofiado y la separación de derechos y obligaciones “fueron desastrosos”. “Estamos en un momento en el que parece que el Estado es el único que tiene obligaciones, pero no los ciudadanos. Y el Estado es un actor demasiado débil sin una idea de comunidad fuerte”, critica. “Lo vemos ahora con el coronavirus: una sociedad fuerte es aquella que descansa en las obligaciones mutuas, recíprocas. Tiene que ser inclusiva, pero también fijar obligaciones recíprocas entre sus miembros”.

Tras las nuevas ansiedades, Collier también ve una degradación en el comportamiento de muchas grandes empresas, atrapadas por una mezcla de sobredimensión del beneficio a corto plazo “que ni siquiera ha beneficiado a los propios accionistas”. “Necesitamos un reseteo de los propósitos de las compañías y una nueva cultura corporativa: alardean de su propósito social, pero siguen retribuyendo a sus directivos solo con una visión de incrementar sus beneficios de corto plazo”. Esa asimetría, dice, ha laminado la confianza. “Están ansiosas por construir una reputación social sólida entre los clientes, pero las que sobreviven a largo plazo son aquellas que también logran una relación de confianza con sus empleados y su comunidad”.

Prueba de ese deterioro de las “normas de conducta” empresariales en las últimas décadas son, desliza, los salarios estratosféricos de los presidentes y consejeros delegados. “Se han fijado su sueldo comparándose unos con otros. ¿Qué haces con cinco millones de libras al año? Cobrando esas sumas, difícilmente puedes ganarte su respeto y pedir sacrificios a la plantilla”, carga. “Necesitamos líderes que se ganen el respeto con sacrificios”.

Artículo original: https://elpais.com/economia 

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