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Cosas de la Navidad

23/01/2013

Los cristianos creyentes que se hayan acercado estos días a la iglesia se habrán encontrado en una de las liturgias con dos textos que han podido sorprenderles, según los talantes. El primero de ellos está tomado del primer Libro de Samuel. Samuel fue el último de la saga de los jueces. Algunos son conocidos por la mayoría: Gedeón, Sansón, Jefté. Los Jueces eran caudillos que surgían del pueblo cuando éste se encontraba sojuzgado por los pueblos vecinos de Canaán. El perfil de Samuel era el de profeta, sacerdote y caudillo guerrero. Fue él quien, al final de sus días, ungió con el óleo santo a Saúl y luego a David, dando, con ello, origen a la monarquía.

El relato nos cuenta que la madre de Samuel, Ana, era estéril. “Llena de amargura oró a YHWH llorando sin consuelo e hizo este voto: Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y le das un hijo yo lo entregaré  a YHWH por todos los días de su vida” (ISamuel 1, 10-11).  Y ocurrió que “YHWH se acordó de ella y concibió Ana y dio a luz un niño a quien llamó Samuel”. Cuando lo hubo destetado, subió Ana de nuevo al templo de Silo donde era sacerdote Eli y le dijo: “Este hijo pedía yo a YHWH y me ha concedido la petición que hice. Ahora yo se lo cedo a YHWH por todos los días de su vida. Y lo dejó allí”(I Samuel 1, 26-28)

En el mundo antiguo, el mundo que existió hasta anteayer, el hijo pertenecía a los padres. No son sorprendentes en este contexto los sacrificios de los hijos en unas culturas y el ofrecimiento a Dios por parte de los padres en otras. No habrá sorprendido a algunos el ofrecimiento que Ana hace de su hijo a Dios.

Entre nosotros, el sufijo “na” de muchos apellidos, lo testimonia. Martianera, Buenoena, Damborenea. Juanitona, responde el niño al ser preguntado por su identidad. Este sufijo no significa procedencia sino pertenencia. Para la procedencia hay otro, ko: Arrasatekoa, Bilbokoa. En el mundo antiguo, el sujeto se desarrollaba en el seno de esta posesión parental o familiar. El sujeto tenía sus raíces en ella. Existía un riesgo: el de disolver su identidad en el grupo familiar, confundiendo la conciencia de sí mismo en la conciencia familiar.

Cristo libera al Sujeto de la posesión familiar. “Porque he venido a separar el hombre contra su padre y la hija contra su madre y la recién casada contra su suegra y serán enemigos del hombre las gentes de su casa” (Mateo, 10, 34-36). El episodio del Templo, la segunda lectura, es una parábola existencial que escenifica la independencia del hijo con respecto a los vínculos de sangre. A la recriminación parental, éste, a sus doce años, les responderá:”¿Por qué me habéis buscado? ¿No sabíais que en todo lo que pertenece a mi Padre me incumbe estar?/Lucas 2, 49) Cristo desata al ser humano de los yugos sociales para abrirle a la libertad de Dios. El texto dice que sus padres “no entendieron estas palabras que les fueron dichas” como muchos padres tampoco lo entenderían. Bastantes de ellos envían a sus hijos a la catequesis o a colegios de religiosos en la intención de hacerlos sumisos y formales. Desconocen el germen de independencia que encierra el mensaje sin adulteraciones  de Cristo.

La revolución liberal dio al hijo el estatuto de Sujeto y lo dotó de derechos propios. En la Edad Moderna, el Sujeto emerge singular y libre de pertenencias impuestas por la familia y la gens. A nadie pertenece sino a Sí Mismo.  Pero en la compleja condición humana, esa liberación de ataduras también conlleva otro riesgo: el desarraigo. ¿Qué es el ser humano sin sus raíces en los padres, su familia y en su comunidad? Si antes el peligro que acosaba al Sujeto era la disolución de su conciencia en la conciencia colectiva, el riesgo del hombre postmoderno, tras las ilusiones colectivistas del siglo XX, es la soledad en la que vive de facto. Esa es la crisis plasmada por nuestras artes, de las que el Guggenheim es su exponente, y esta es la crisis anunciada por  Feuerbach, Nietzsche y los teóricos de la muerte de Dios.

Frente al emprisionamiento en el colectivo familiar y social por un lado, y la libertad de la fría soledad del hombre postmoderno por otro, les es dicho a los creyentes cristianos en estos días de Navidad que es  la libre adhesión a los que nos dieron la vida y al Creador del mundo,  por el gusto del calor que ofrece el vínculo amoroso, lo que genera una felicidad en la que el Sujeto se siente libre, a la par que entroncado en las raíces del ser.

 

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