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Cooperativismo y transformación social (I)

20/04/2016

En octubre comenzó la 8ª edición del “Curso experto en cooperativismo”, que esta edición cuenta con 23 participantes de 15 cooperativas diferentes. En el curso analizamos las principales tendencias (económicas, sociales y ecológicas) del momento actual y reflexionamos también sobre los principales retos y desafíos que tiene el cooperativismo de Mondragon.

Recientemente hemos finalizado el módulo sobre “cooperativismo y transformación social”.  Es un módulo que desde LANKI hemos considerado siempre muy importante, porque permite ir al fondo del paradigma cooperativo arizmendiano y permite reflexionar sobre las realidades actuales desde la perspectiva de revitalizar el cooperativismo como un proyecto socio-empresarial. En las valoraciones de los participantes llama la atención que, antes de comenzar el módulo, la mayoría reconoce que le cuesta establecer conexiones entre el concepto transformación social y la realidad cooperativa. No es un tema que los participantes relacionen con la vivencia cooperativa cotidiana. Pero al final del módulo la evaluación es muy diferente y casi todos coinciden en que la idea de considerar las cooperativas como unas estructuras empresariales que deben servir como medio y palanca para transformar las personas y la comunidad es una perspectiva interesante para abordar los retos concretos que tienen las cooperativas en la actualidad. La conclusión es que habría que reflexionar más sobre las cooperativas como estructuras cuya vocación es la transformación social.

Partiendo de esta experiencia, que además se ha repetido en las últimas ediciones del curso, nos ha parecido interesante escribir una serie de artículos sobre el tema. En este primer artículo proponemos realizar una mirada al pasado, refrescar la concepción arizmendiana del cooperativismo como proyecto de transformación.

Impulso original de la experiencia cooperativa de Mondragon.

Iniciamos el artículo con una frase de J.M. Arizmendiarrieta: “El Mundo no se nos ha dado para contemplarlo, sino para transformarlo”. Consideramos que esta frase refleja de forma nítida el impulso original que motivó el surgimiento y el desarrollo en sus primeras décadas de la experiencia cooperativa de Mondragon.

El cooperativismo emergió en Mondragon en la década de los cincuenta, en un contexto marcado por la dictadura militar y la postguerra, con la mayoría de familias trabajadoras sin poder satisfacer sus necesidades básicas. Un escenario de injusticias y desigualdades sociales en el que unos jóvenes iniciaron una experiencia cooperativa con el objetivo de transformar la realidad. Del pensamiento de Arizmendiarrieta vamos a mencionar, en primer lugar, dos ideas básicas[1]: (1) consideraba que la transformación de las personas era la base para transformar la sociedad y (2) defendía que la creación de organizaciones comunitarias era la vía para construir una sociedad en el que todas las personas tuviesen la oportunidad de vivir dignamente (la igualdad de oportunidades era un concepto importante del pensamiento arizmendiano, pero evitaba “concepciones paternalistas que adormecen a las personas”). Estas ideas inspiraron al grupo de jóvenes cercanos a él y los materializaron en una experiencia cooperativa que tenía, en estos inicios, tres aspiraciones fundamentales.

Tres aspiraciones.

En primer lugar, impulsar un desarrollo económico al servicio del bienestar de las personas (creación de empleo y distribución más justa de la riqueza). En una sociedad con necesidades materiales sin cubrir, impulsar el desarrollo económico era fundamental para cualquier aspiración de bienestar individual y colectivo. Pero no se consideró el crecimiento económico como un fin en sí mismo, sino como medio para superar las desigualdades existentes, mejorar las condiciones de vida y avanzar en la justicia social.

Los fundadores entendían que había que ser muy rigurosos en lograr que las empresas cooperativas fueran económicamente rentables, porque era indispensable para que los trabajadores mejoraran sus condiciones de vida.

En segundo lugar se aspiraba a humanizar la empresa. El objetivo del cooperativismo no era sólo superar la pobreza económica. La cooperativa era también una fórmula de empresa que pretendía superar las relaciones de poder existentes en las empresas capitalistas. Se trataba de que el trabajador dejara de ser un mero asalariado y asumiera un nuevo rol dentro de la empresa, como persona soberana, participando en la propiedad, en el gobierno y en los resultados de la empresa. En aquella época suponía una transformación cuasi-revolucionaria de la estructura empresarial, dado que proponía un modelo de empresa inspirado en ideales como la democracia (un trabajador, un voto), la justicia social (solidaridad en el reparto de los resultados y equiparación de los anticipos a los salarios del entorno, para que los cooperativistas no se convirtieran en una especie de “obreros ricos”), el compromiso con el entorno (reinversión de los beneficios y promoción de iniciativas), etc. La idea de fondo era que los trabajadores asumieran la responsabilidad de construir alternativas propias que garantizaran unas condiciones de vida dignas para sí mismos. El bienestar individual era un proceso de (auto)emancipación que se integraba en el marco del bienestar colectivo.

En tercer lugar la empresa cooperativa debía tener una función social. Debía impulsar el desarrollo local (económico, social y cultural) teniendo en cuenta las necesidades existentes en el entorno. La propuesta era activar los potenciales de la comunidad y responder a todo tipo de necesidades creando iniciativas colectivas basadas en la responsabilidad y la autogestión de las personas. Sólo desde esta clave comunitaria y autogestionaria se puede entender el impulso emocional que tuvo el cooperativismo y la expansión de la experiencia en sus primeras décadas.

Entendemos que esta concepción del cooperativismo como proyecto de (auto)transformación de las personas y de la comunidad fue un factor clave para el éxito de las empresas cooperativas, ya que dotó de un sentido social a la actividad empresarial y alimentó una cultura exigente en cuanto a la gestión empresarial, una cultura de ahorro para poder reinvertir y una cultura cooperativa que incitaba a superar los intereses individuales más egoístas en favor del proyecto colectivo. La empresa cooperativa sólo era posible sobre la base del compromiso y la responsabilidad de los socios. Y poner en el centro del proyecto cooperativo la aspiración de impulsar un proceso de transformación social (individual y colectiva) fue un factor importante a la hora de alimentar esa cultura cooperativa en el colectivo.

Una mirada para el futuro.

Cuando se mira al pasado conviene no caer en idealizaciones ni en planteamientos nostálgicos. El escenario actual (económico, social, político, cultural, tecnológico y medio ambiental) es muy diferente al de los orígenes de las cooperativas. Pero mirar al pasado puede ser interesante si se hace como fuente de inspiración (como hizo Oteiza con el crómlech). Consideramos que volver a imaginar las cooperativas como espacios para practicar la transformación (individual y colectiva) es una mirada interesante para revitalizar las cooperativas. Una perspectiva interesante también para abordar con eficacia  los retos concretos de las cooperativas, alimentar una cultura exigente de la gestión empresarial, comportamientos de corresponsabilidad en el colectivo, reforzar el sentimiento de pertenencia de los socios y añadir un plus de ilusión a la experiencia cooperativa.  Volver a imaginar las cooperativas desde esta mirada, una idea que nos gustaría continuar desarrollando en nuevos artículos y profundizar con vuestras aportaciones. Porque, como decía E. Galeano, “somos lo que somos, y lo que hacemos por transformar lo que somos”.

 



[1] Para un análisis del pensamiento de Arizmendiarreta ver: J.Azurmendi, “El hombre cooperativo. pensamientos de Arizmendiarrieta”, Otalora, 1992; y Lanki ikertegia, “Lankidetza. Arizmendiarretaren eraldaketa proiektua, 2001.

 

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