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Vagos

2013/01/23

En gentes de nuestro país, irreductibles al desaliento, existe una cierta inquietud acerca de los nuevos procedimientos educativos. Levantaron empresas, lucharon duro para vencer dificultades y, cuando oyen hablar de las nuevas pedagogías, no pueden evitar el preguntarse si serán estos niños –que son sus nietos- capaces de encarar los rigores a que ellos tuvieron que enfrentarse, sin flaquear a la primera o segunda dificultad. Si se les da todo lo que desean ¿podrán mantenerse firmes ante la dificultad?

Son muchas las preguntas encerradas en estas pocas palabras. La idea de que el valor y la capacidad de sufrir se educa en el sufrimiento y en la dificultad está muy arraigada en nuestra cultura. Han sido muchos siglos de la cultura del sufrimiento como para deshacerse ante cuatro palabras. Pero, ¿qué es ser un vago?

Este calificativo es de los más deshonrosos en occidente y, en particular, en la mentalidad nuestra. En Guipuzkoa se le llama alperra. En Arratia, faltsoa. ¿Acaso no está inscrito en el zaguán de una de nuestras casas solariegas “Solus labor parit virtutem, sola virtus parit honorem?”

El adjetivo “vago” pertenece a ese orden de palabras que parecen decir mucho y que, sin embargo, apenas dicen nada. El diccionario de la lengua española lo define así: “Se dice de la persona a la que no le gusta trabajar, estudiar, ni hacer ningún esfuerzo”. Esta definición parecería haber completado todo el contenido de la palabra,  sin embargo no pasa de ser una mera locución descriptiva. El verbo que emplea es “no le gusta”. Pero subrepticiamente se desliza la idea de que, si no le gusta, no hará ninguna de estas cosas, incluída el “hacer algún esfuerzo”.

Una consigna, igualmente anclada en la mentalidad recibida, se derivará de ella: “Si no tiene gusto por nada de esto, tendrá que hacerlo por la fuerza". La cual consuena con otra idea muy generalizada: el ser humano aspira a no hacer nada y, el niño, si no fuera obligado, no haría nada. De aquí procede el viejo adagio: “La letra con sangre entra”.
Si la vagancia –alperkeria- es una ley universal, si a nadie le gusta naturalmente trabajar, estudiar o hacer algún esfuerzo, el único motor de la máquina humana habrá de ser algún orden de coacción. Es lógico, pues, pensar que una pedagogía exenta de amenazas, castigos y coacciones, dejará al niño en su tendencia a no hacer nada. creando así seres inútiles para la vida.


Los niños son activos

Sin embargo, nuestros conocimientos nos dicen que no es así. Los niños son enredadores, se suben a las mesas, cogen la cristalería regalada en la boda, tantean el movimiento de la vitrina llena de objetos brillantes y generan catástrofes, destripan las máquinas, se queman las manos pretendiendo cocinar, meten los dedos en los enchufes y manejan todos los artilugios empleados por sus padres. Lo sabíamos, pero no hemos sabido leerlo hasta ahora. Los niños son exploradores. Y los niños son activos: y les gusta hacer cosas, sobre todo, con las herramientas de sus padres. El niño, pues, no tiende a la inactividad. Tiene un hambre insaciable de conocer y de hacer, que es otro modo de conocer. Y si con delicadeza, y a medida se va desarrollando su inteligencia, se le van proponiendo nuevas realidades  crecientemente alejadas de aquéllas para las que están hechos los órganos de sus sentidos, el niño se irá abriendo a estos nuevos mundos hasta llegar a las esferas más elevadas. D. José Miguel Barandiarán, a sus cien años tenía la misma curiosidad de un niño de año y medio.
¿Qué, entonces, paraliza ese hambre de exploración y de acción? La respuesta nos la dan las ciencias actuales, aunque ya la conocíamos por experiencia. Lo que paraliza la exploración y la acción es el miedo. Paralizado el motor del gusto  por conocer y hacer, sólo la coacción podrá mover la máquina.

El miedo adopta muchas formas y el miedo es generado por muchos factores. Uno de éstos es la novedad abrupta. Existen otros, pero de ellos hablaremos en otro momento. Si las letras y los números, con sus operaciones propias, son presentados bruscamente, sin tener en cuenta el momento del niño, la curiosidad y el gusto por operar darán paso al miedo hacia esa materia y la mente huirá de ella. La inteligencia se bloqueará, la materia será temida y/o detestada. El niño, si puede, se evadirá de ella. Y, si es forzado, su mente se quedará en blanco. Esto es lo que se encuentra detrás del estigma del calificativo vago. El vago es un ser paralizado por el miedo que, si puede, saca pecho, pero que sabe mucho de lo que significa sentirse incapaz


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