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¿Crisis de la Escuela o la Escuela en crisis?

2013/05/23

La trasmisión del saber es un hecho necesario perteneciente al Homo Sapiens. Al no estar guiado su hacer por el instinto como en los animales subhumanos, tiene que aprender de otros los saberes. La escuela que hemos conocido y en la que fuimos instruidos y, en parte, educados, estaba configurada por las necesidades de un determinado modo de producción: el modo de producción industrial.

En anteriores artículos he ido vertiendo ideas que a algunos les han podido tal vez chocar o sorprender. Todas ellas se podían resumir en dos postulados: El primero, que la trasmisión del saber es un hecho necesario perteneciente al Homo Sapiens. Al no estar guiado su hacer por el instinto como en los animales subhumanos, tiene que aprender de otros los saberes, para ahorrarse el trabajo de tener que inventar el mundo en cada generación. Las golondrinas saben elegir los materiales apropiados para construir su nido y las hembras de todas las especies saben atender a sus crías con exquisito cuidado. Pero gracias a la acumulación del saber, creado y transmitido de generación en generación, tenemos los cubos de Moneo o el Guggenheim en vez del nido desestructurado de nuestros antepasados los primates.


Pero si la transmisión del saber es una condición inherente al Homo Sapiens, el modo de la transmisión varía de una cultura a otra y se encuentra configurada por mil presiones dependientes de las circunstancias históricas. La trasmisión del saber es sustancial; la escuela es accidental.


La escuela

El segundo postulado expuesto ha sido que la escuela que hemos conocido y en la que fuimos instruidos y, en parte, educados, estaba configurada por las necesidades de un determinado modo de producción: el modo de producción industrial cuyo exponente más acabado fue el sistema taylorista. La máquina de vapor empezó a hacer innecesaria la energía muscular que había determinado el esclavismo, y los inventos tecnológicos crearon máquinas que desplazaron el trabajo artesanal.

La producción requería inventores, ingenieros, empresarios administrativos y obreros, siendo éstos últimos la mayor parte de la población. El sistema educativo tenía que crear máquinas humanas que supiesen manejar las máquinas: seres que aprendiesen bien lo que tenían que aprender, sin salirse de la ruta marcada por el profesor, con una disciplina sin fisuras de obediencia a los dictados de sus jefes. Pero cuando en su mayor apogeo se encontraba la escuela taylorista con su sistema de pupitres, filas y formaciones cual escuadrón de infantería, he aquí que aparece en los años 60 la revolución informática y robótica.

El ser humano es un militar torpe e indisciplinado al lado de un robot dirigido por un ordenador. Del ser humano, lo que ahora necesita la nueva producción es la curiosidad para aprender los nuevos saberes, la imaginación para encontrar nuevas soluciones a los retos, la iniciativa para emprender nuevas actividades y el gusto por el trabajo en equipo amistoso. Ah! pero todo esto no viene porque sí. Demanda una educación que fomente la confianza en los propios recursos creadores, y confianza en los demás para recurrir a ellos ante las dificultades. El escenario ha cambiado completamente Los seres troquelados según los paradigmas de la escuela taylorista han quedado obsoletos y pertenecen ya a la arqueología industrial.

¿Qué acontece, entonces,  con los países o lugares aferrados al anterior sistema educativo? Ocurre que están en la más plena desorientación. Lo dice el Ministro de Educación Francés, Vincent Peillon en un libro severamente crítico con su Sistema Educativo. Su título: “Refondons l’École” que traducido sería: Reinventemos la Escuela  Entresaco algunas de sus afirmaciones.
“Es en la escuela primaria donde todo se juega. Es necesario concentrar nuestros esfuerzos en los inicios de la escolaridad para prevenir las dificultades. Es justamente lo contrario de lo que hemos hecho hasta ahora.


La formación de profesor es el primer determinante de los saberes del alumno  El segundo, es el interés de los alumnos. Nuestra jornada escolar es la más cargada en Europa. Si nuestros niños están cansados, aprenderán peor. Al final de la jornada su atención está desvaída. Hemos de revisar con honestidad nuestras prácticas pedagógicas.”


Son posibles cambios que permitan construir una escuela de la confianza, de la estima de sí mismo y –atrevámonos a decir- de la benevolencia. La refundación de nuestra escuela debe concernir a las estructuras, pero también a los espíritus y las pedagogías”.


Es esto lo que dice el Ministro de Educación del País vecino ante la desorientación y fracaso de la Escuela.


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