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Aintzinakoak: Carboneros y boquilleros

2013/05/23

La industria minera vasca tuvo una gran importancia en el pasado, sobre todo, desde principios del último tercio del siglo XIX, como consecuencia del aumento de la demanda, básicamente del Reino Unido, que compraba hierro vizcaíno, especialmente adecuado para el entonces innovador procedimiento “Bessener” de obtención de acero.

Las cuatro clases principales de mineral obtenido en la zona eran: la vena con un contenido de hierro del 60/70%, el campanil, que podía llegar al 60% y el rubio hasta el 45% y los carbonatos el 35/40%, que eran obtenidos habitualmente en capas más profundas.
En 1.899 funcionaban en Bizkaia hasta 33 hornos que producían 610.000 toneladas. Y en 1.957 casi la mitad de la producción total era de esta clase de material. El proceso se llevaba a cabo en los conocidos como hornos de calcinación, que requerían, entre otros profesionales, a los llamados carboneros que desempeñaban su oficio en su parte más alta y los boquilleros que lo hacían en la parte inferior a la salida del carbonato calcinado.


CARBONEROS

Uno de los carboneros más conocidos es Pedro Roque Antúnez que nació Cedillo (Cáceres) en 1.927. Trabajó en distintos cometidos para, en 1.955 desplazarse a Bizkaia, donde prestó sus servicios en la Cantera Uriein de Ortuella, dedicada a la explotación de piedra caliza, donde cargaba vagones. Poco después de un año, pasó a la empresa minera Franco-Belga donde ocupó diversos puestos de trabajo desde los cambios de vagones en los tranvías aéreos, hasta el de galguero, entre otros, ocupándose en la sustitución de los que por diversas razones, no acudían al trabajo. En esta compañía estuvo 30 años, hasta su jubilación en 1.985, cuando tenía 59 años.
Los cinco últimos años de su vida laboral fue carbonero, los cuatro primeros con un compañero y el último ocupándose el solo del trabajo en la parte alta del horno de calcinación. Se trataba de un puesto de trabajo que no lo deseaba ningún trabajador.
Las tareas : el carbonero, situado en la parte superior del horno, recibía el carbonato y el carbón en baldes, que llegaban por un tranvía aéreo. Por cada 8 tns. se echaban 30/40 kilos de carbón, en capas, alternando carbón y carbonato. Mientras se producía esta operación era necesario mantener el proceso añadiendo sucesivamente paladas de carbonato y carbón. Cuando el boquillero iba extrayendo lo calcinado, vertía los citados carbonato o carbón levantándose una gran humareda que despedía gases nocivos para la salud del trabajador, que la careta protectora que le entregaba la empresa trataba de amortiguar. Incluso el buzo nuevo que le entregaba la compañía cada seis meses, en cumplimiento de la legalidad  vigente se deterioraba (de hecho se quemaba) rápidamente.

En los trabajos mineros como el de los barrenadores era frecuente que la retribución fuera a prima o destajo, sin embargo, en el de los carboneros se tenía en cuenta el sueldo base y la prima por el ahorro de combustible, a repartir a partes iguales con el boquillero y los “puntos”, todo lo cual en 1.986 podía llegar a unos 3.800 pesetas al mes.

 

Carboneros

BOQUILLEROS

Se conocían con este nombre a los trabajadores que situados en la parte inferior de los hornos de calcinación, se ocupaban de extraer el carbonato tratado. Uno de los pocos boquilleros al que hemos podido acceder es Agustín Aguirre Lelerias, nacido en el Valle de Sada (Cantabria) el 9 de Abril de 1.922, que sigue manteniendo una actividad extraordinaria para su edad, por ejemplo, como cazador. Desde joven se ocupó de cuidar el ganado vacuno, hasta que sus padres se trasladaron a Carranza (Bizkaia), trabajando en una ferrería. En 1.946 se empleó en Solvai S. A. en Torrelavega (Cantabria) para en 1.952 trabajar en la Mina José en el Barrio Cotorrio de Gallarta (Bizkaia), dedicándose en su interior a “romper y cargar vagones”, cumpliendo lo que llamaban “la tarea”. Complementaban la retribución cargando vagones “de Renfe” en la estación, desempeñando durante años la tarea de boquillero.
A comienzos de los  sesenta del siglo XX pasó a “maquinista”, viéndose obligado a superar un desnivel de unos 300 m. hasta la estación, donde basculaban los vagones sobre lo que llamaban “tolvas de la Renfe”. Los avances tecnológicos en las máquinas utilizadas, hizo que fuera seleccionado para actualizar sus conocimientos en Nüremberg (Alemania), donde permaneció un mes. Al cierre de las primeras minas, a finales de los años setenta del siglo XX, pasó a la empresa de subcontratas Emilio Merodio como maquinista y chofer, hasta su jubilación.
El horno de calcinación de la Mina José tenía cuatro boquillas que debía manejar el boquillero y un ventilador para dirigir el fuego hacia la parte superior. Al abrirse el rastrillo el carbonato calcinado sale al exterior dependiendo la cantidad del grado de apertura. Si salía el mineral con fuego debía cerrarse y continuar con las otras boquillas. Como el carbón lleva caliza, a veces salía cal, que no tenía ninguna utilidad. Un total de 100 toneladas al día  echaba por arriba el carbonero y una cantidad algo menor extraía el boquillero en la parte inferior. El mineral calcinado se depositaba en vagones que se basculaban a “vagones de Renfe”.
Para evitar que se quemara el carbonato, la temperatura máxima que debía de llegar a tener el horno era de 900º. En caso de superarlo el mineral salía en polvo y había que desecharlo. Cuando se abría la boquilla salía polvo con cal, que hacía expectorar al boquillero.
El oficio de boquillero, en opinión de Agustín Aguirre, solo es posible dominarlo con la experiencia.
Tenían asignada una tarea de 25 vagones por jornada laboral, pagándoseles una peseta más por cada uno que superara esta”tarea”. Como boquillero ganaba 240 pesetas a la semana, que era el doble de lo que recibía un trabajador de Altos Hornos y disponía de economato. Dado que también realizaba labores de maquinista y chofer, la retribución subía a 550 pesetas semanales. También realizaba trabajos como herrador y artillero cuando era necesario.


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