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Una experiencia cooperativa, muchas voces

24/05/2013

Participar de la experiencia cooperativa nos lleva a menudo a reflexionar sobre la solidaridad, la democracia, el liderazgo o la participación. Recogemos algunas de esas reflexiones individuales para intentar captar el sonido de la experiencia común.

Estar en contacto con muchos cooperativistas es fuente constante de aprendizaje y, por eso mismo, un disfrute y una suerte. Escuchar a personas reflexionar desde su propia experiencia, tan larga y tan rica en ocasiones, permite extraer múltiples “perlas” que uno va acumulando en su memoria y en sus notas. Algunas destilan esa sabiduría de quien ha vivido mucho y, lo que es menos frecuente, se ha parado a pensar sobre su experiencia vital. A continuación, recogemos algunos de esos generosos regalos, reproducidos tal y como los escuchamos. Más allá de que se pueda estar de acuerdo o no, os invitamos a saborearlos. Componen, entre todos, un colorido mapa de la amplia experiencia cooperativista.

  • En época de bonanza, se escuchaba con frecuencia por boca de los más veteranos la frase “qué bien vendría una crisis para que valoráramos lo importante”. Las crisis pueden servir para aprender, pero sobrevivir a una no quiere decir que hayas aprendido. Encontramos a personas e incluso a colectivos que reproducen patrones de comportamiento una y otra vez. Cambia el decorado, pero se mantiene el guion.  El aprendizaje depende de uno y de lo que hace con aquello que le pasa. Hay quien reflexiona tras la crisis y se transforma integrando la nueva experiencia y hay quien la sufre sin sacar nada provechoso de ella. Y lo único que nos llevamos es el aprendizaje, una nueva forma de ver las cosas que nos ayuda a responder mejor a la realidad y no tropezar en la misma piedra. La pregunta que se deriva es clara: ¿qué estamos aprendiendo de la crisis que padecemos actualmente?
  • La democracia y la solidaridad son dos principios cooperativos, pero eso no garantiza  que vayan siempre de la mano. Se pueden tomar, y de hecho se toman, decisiones claramente insolidarias aunque perfectamente democráticas. Y parece que en esos casos el manto democrático cubre la insolidaridad maquillando la decisión. El ejercicio democrático exige información y responsabilidad pero la solidaridad nace de un estadio superior, nace cuando se apela a la grandeza de las personas y estas responden con lo mejor. Afortunadamente, nuestra historia cooperativa está jalonada de innumerables respuestas solidarias que sirven para reconciliarnos con nosotros mismos y que conviene no olvidar.

 

  • Cuando hablamos de nuestra realidad cooperativa parece que tenemos una predisposición casi genética por fijarnos en aquello que no funciona. Es obvio que tenemos motivos reales de preocupación, del mismo modo que también existen aspectos por los que estar razonablemente contentos. El dirigir nuestra atención a unos o a otros tiene, sin embargo, consecuencias que no podemos soslayar. ¿Qué nos aporta más energía? Antes de caer en el bucle de la crítica sin solución, deberíamos mantener una actitud más pragmática e inteligente y saber que la negatividad sistemática nos agota.  El antídoto es valorar lo bueno que también tenemos y agradecerlo. Probémoslo y veamos qué pasa.

  • La sensación de tener lo suficiente equilibra y serena a la persona. Si alguien entra en una cooperativa con la intención de hacerse rico, el despiste que tiene es mayúsculo. Pero la noción de suficiencia, de no necesitar una incesante acumulación material para vivir plenamente, es ciertamente atípica en la sociedad actual. Y lo peor de todo es que la persona termina presa de esa necesidad. El buen vivir se conjuga más en clave de calidad (tiempo de calidad, trabajo de calidad, relaciones de calidad) que en clave de cantidad de lo material. Además suelta, libera y centra a la persona. El foco pasa del tener al ser y se comienza a alimentar lo importante, lo que permanece.

  • Tanto hablar de liderazgo… cuando bastaría con que cada persona supiera liderarse a sí misma un poco mejor (sobre todo, los que tienen más responsabilidad). Las estrategias para cambiar a los demás tienen poco recorrido pues las personas cambian sólo si quieren hacerlo. No nos olvidemos de que la forma de influir más eficaz, y la única a largo plazo, es el ejemplo propio. Si lográramos liderarnos conociéndonos mejor, equilibrando nuestras emociones, aceptándonos como somos, ilusionándonos con los proyectos en los que participamos, etc. tendríamos organizaciones mucho más sanas y vivas.  Pero la vía del autoliderazgo tiene una condición: que no puedes echar balones fuera y culpar al mundo de tus males… y no todos estamos dispuestos a pasar por ahí.

  • La participación, término tan usado y tan poco compartido, se logra quitando lo que sobra y no añadiendo más ingredientes. Para que las personas crezcan y se comprometan a participar en el proyecto, libera las ataduras organizativas o relacionales que les atenazan. Pero para hacerlo tienes que ser valiente y tener la convicción de que las personas normalmente quieren hacer las cosas bien y aportar en su trabajo, desarrollarse a fin de cuentas. Fíjate en aquello que les ata, aquello que les limita, y desbroza el camino. Pregúntate qué les sobra, no qué les falta, pues frecuentemente añadimos ropaje cuando ya tienen demasiadas capas encima.

  • La experiencia cooperativa está hecha para que la protagonicen personas normales, no héroes. Pero de vez en cuando, ante situaciones difíciles, afloran comportamientos excepcionales, dignos de la grandeza que se esconde en cada uno de nosotros. Esos momentos y esas acciones son realmente importantes pues llegan al corazón, dejan huella y -no lo olvidemos- están protagonizadas por personas como tú o yo. Son comportamientos en los que las personas priorizan un bien superior, el bien común, por encima del interés propio.  Es allí donde brota la responsabilidad, la solidaridad y la intercooperación. Son las personas normales las que ejemplifican, a menudo, comportamientos extraordinarios.

  • Los principios cooperativos son exigentes, nos empujan a sacar lo mejor de nosotros, pero no siempre estamos a la altura. Y la constatación de la incoherencia es dura de llevar. Para no sentirnos derrotados en el camino, tendremos que aprender a convivir con la contradicción, pero sin resignarnos a ella. Valorar la experiencia cooperativa significa estar dispuesto a aceptar sus contradicciones y luchar por superarlas. Juzgarla con todas sus limitaciones, que son las nuestras, y a pesar de ello ponerla en valor. Decía una cita que uno se ama realmente cuando se acepta tal cual es y continúa con la vida. No es mala idea.

Laburbilduz... esperientzia kooperatiban parte hartzeak hausnarketara garamatza, maiz. Kooperatibisten eginak ezagutzen ditugu baina esanak? Horietan ere badago zer ikasi eta horregatik batu ditugu batzuk, interesgarri jo ditugunak. Ze balio ematen diote kooperatibistek krisiari? Ba ote dute joera enpresan gaizki egiten denari gehiegi erreparatzeko? Nola ulertzen dute lidergoa? Eta parte hartzea? Demokrazia eta elkartasuna elkarrekin doaz ala kontraesankorrak izan litezke? Gai horien inguruko galdera, eta akaso erantzunak ere bai, hilabete honetako Garatzen atalean.

 

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