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Ley y Mandamientos de Dios. ¿Yugo o felicidad?

31/05/2012

Mi generación oye la palabra Mandamiento y su rostro se oscurece. La siguiente generación, oye los términos de Ley de Dios y de su interior brota la rebelión. Lo de Mandamiento le suena a obsoleto y oscurantista. Lo de Ley de Dios, a imposición arbitraria mutilante de su libertad.

Demasiadas hogueras y cárceles han provocado uno y otro término. Sin olvidar los castigos ultraterrenos con los que se aterrorizaban los espíritus sensibles. Pero no es conveniente pasar de página sin cuestionar estas nociones, porque, queramos o no, venimos de la cristiandad, un régimen social y religioso con sus valores y antivalores que subyacen en los trasfondos de nuestro ser. No por negar la culpa, deja ésta de existir. La mayor parte de quienes estén leyendo este artículo tienen o han tenido algún familiar religioso o misionero.

Puesto que venimos de la Cristiandad, hemos de excavar en sus sitios arqueológicos las raíces de nuestra conciencia moral para poder, si es el caso, desembarazarnos de ella. Aunque se haya camuflado en ropajes seculares, seguirá esa moral impregnando nuestro hacer.

En la cristiandad, la guía moral han sido los mandamientos de la Ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia. Y, en la cristiandad católica, el lugar donde se dirimía el juicio de culpa o inocencia era el Santo Tribunal de la Confesión. No conviene olvidar, con todo, que en este Santo Tribunal, el reo siempre salía absuelto, al precio de una pequeña penitencia. Llegará el momento en que hable de la penitencia.
Debemos comenzar esta excavación por la noción de Ley, por la noción de Ley de Dios dictada a Moisés en el Sinaí, como primera formulación. Y ya en este lugar, empezamos a encontrarnos con que lo que parecía evidente no lo es tanto. La certeza colectiva tiene la apariencia de lo evidente. Pero en este cambio de ciclo histórico, las certezas están cayendo unas tras otras y ya no tenemos otro remedio que cuestionarnos, incluso, si entendían bien lo que nos enseñaron aquéllos que nos las enseñaron.

Ley o Torah

La palabra Ley es una transposición al latín eclesiástico del término y noción hebrea de Torah. En la Biblia hebrea, la Torah tan sólo tiene la acepción jurídica de Ley en una franja marginal. En el resto de las acepciones o sentidos y, sobre todo, en su significación central, Torah significa Instrucción y Guía. Significaba el Manual de Instrucciones para el desarrollo exitoso de la vida individual y colectiva y, con ello, el logro de la felicidad del ser humano. Nada tenía que ver con la ley arbitraria impuesta por un Tirano siguiendo su capricho de sojuzgar o para beneficio propio. Así han hecho que lo entendamos, pero no es así.

Demasiadas arbitrariedades de soberanos absolutos y jerarcas eclesiásticos con sus anatemas y excomuniones ha soportado la comunidad europea a lo largo de los siglos, como para que la generación que me sigue no haya vivido con alborozo la muerte de Dios proclamada por los teóricos del XIX y apoyada por las ciencias del XX, que hacen innecesarias las Santa Bárbaras para las tormentas, las Santa Águedas para los males de la mama, y las rogativas para que lloviese.

En el Deuteronomio, Moisés dice al pueblo “Observad escrupulosamente los decretos y mandatos prescritos a vuestra intención por YHWH vuestro Dios. Para vuestra felicidad y a fin de que entréis, para heredarla, en esa buena tierra prometida a vuestros padres” (Deuteronomio 6,17).

En las lentes que nuestra Instrucción nos puso –que eso es lo que quiere decir en griego Catequesis: Instrucción o Guía-, la vida que se promete en este texto, la felicidad que Moisés asegura al Pueblo, es entendida como premio. Al igual que lo que se nos ha dicho: “Dios premia a los buenos y castiga a los malos.”  Pero, otro judío, uno de los pensadores malditos  del siglo XVII, Baruch Spinoza, dijo en su Ética, que “la alegría no es la recompensa por el bien, sino la señal que indica qué es bueno”. Tenía que haber sido un judío el que nos introdujera en la lectura adecuada de la Torah. Desde esta nueva lectura, todo el pensamiento y las narrativas de la Biblia Antigua y Nueva adquieren un nuevo sentido, su verdadero sentido, por coherente.

La Torah, independientemente del crédito que se le dé, lejos de ser un yugo puesto por un boyero arbitrario, es la guía para que el Sujeto Humano crezca en armonía consigo mismo y con los de su comunidad, la Instrucción de Alguien que, en la percepción de algunos creyentes, se mata por la liberación y felicidad del ser humano. Pienso que es conveniente deshacer estos malentendidos para bien de nuestras próximas generaciones, en estos tiempos de vacío postmoderno.

 

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