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Escolaridad y exigencia

20/03/2013

Parecen dos realidades intrínsecamente asociadas. En los primeros años, exigencia. Posteriormente, esa exigencia exterior se internaliza en la mente de la muchacha o el muchacho y se convierte en autoexigencia.

Ya Freud enunció que, desde el punto de vista psicológico, la exigencia exterior se trasmuta en conciencia moral a la que llamó Súper Yo. La conciencia moral vigila nuestros actos y los valora como buenos o malos, sufi cientes o insufi cientes y les asigna una censura o una aprobación.

La idea de que la exigencia o la autoexigencia está ligada al aprendizaje y no solo esto: que es una condición indispensable para el aprendizaje tiene raíces que se hunden en la noche de los tiempos y que aún en épocas próximas se formuló en la máxima de “la letra con sangre entra”.

¿Es así? ¿Solo con sangre entra la letra? ¿Solo con amenazas, censuras e, incluso, castigos físicos, como la bofetada, entra la letra? La bofetada es el más grotesco de los castigos. Existen de muchos más órdenes y cada uno puede pensar en la serie de castigos a que fue sometido en su infancia y adolescencia. Aunque todavía se dice que “una torta a tiempo” es conveniente.

Castigo y premio. Son dos términos igualmente asociados. Si se porta bien y saca buenos resultados escolares, premio. Si se porta mal y saca malos, primero amenaza y luego castigo. Lo mismo en el mundo laboral: incentivos y castigos, reconocimientos y sanciones. Parecen dos miembros equilibrados del mismo par. Pero en los comportamientos no es tanto así. Los premios y los reconocimientos se encuentran también bajo una cierta sospecha. “De lo que está bien no hay nada que decir pues es como debe ser. Es lo que está mal que ha de ser señalado” , se dice y, sobre todo, se practica. Porque también se dice y, sobre todo se piensa, no hay que alabar porque “se corre el riesgo de que se duerma en los laureles”. Estas máximas se condensarían en el siguiente consejo educativo: “Silencia lo que está bien y señala lo que está mal o no llega al objetivo. Así, lograrás que las cosas progresen.” Y, con ello, este otro: “Estimula con la amenaza. Tendrás así seguridad de que realice el niño o el trabajador su deber”.

En uno y otro caso, en el aprendizaje y en el trabajo, la idea subyacente es: al niño no le interesa aprender y al trabajador trabajar. Aprender y trabajar son quehaceres costosos y, por tanto, indeseables. Hay que exigirles hacer la tarea y ello mediante la advertencia de un mal mayor que el estudiar o trabajar: el castigo apropiado a cada condición, el castigo que importe al sujeto.

Lo que ocurre que el punto de partida, esta idea subyacente, esta premisa es errónea. Y si es errónea, la actuación bajo su guía no puede conducir sino a malos resultados, no puede tener sino malas consecuencias. Puede funcionar a corto, difícilmente a medio plazo, nunca a largo plazo. Pueden realizar la tarea de aprender o de hacer. Pero nunca serán creativos ni en un campo ni en otro y estarán esperando la circunstancia feliz de dejar de estudiar y dejar de trabajar. De jubilarse de ambas cosas.

¿Dónde está el error de esa idea errónea? El error de esta idea errónea está en que el estudiar y trabajar a disgusto no es la única manera de estudiar y trabajar. También se puede estudiar y trabajar a gusto, también se puede disfrutar aprendiendo y creando. He cambiado intencionadamente la palabra estudiar por aprender y trabajar por crear. Porque “hincar los codos” es solo una manera de aprender, si es que, haciendo esto, sus aprendizajes durarán toda la vida y el trabajo obligado no sé si sigue teniendo utilidad ahora en que disponemos de robots que realizan la tarea a la perfección.

Y volvemos al inicio: ¿aprendizaje y exigencia están indisolublemente ligados de modo que la exigencia o la autoexigencia sea el único móvil del aprender? La respuesta, tras lo expuesto, resulta fácil: la exigencia es necesaria para aquel o aquella que no disfrute aprendiendo o trabajando. Entonces viene la pregunta: Pero ¿es posible disfrutar aprendiendo o trabajando? Hagamos más difícil la pregunta ¿Es posible disfrutar del estudio o del trabajo sin el premio de la alabanza –es decir la nota para enseñar a los padres- o sin el premio del sueldo que me permita mantener a mi familia o permitirme mis gustos, aficiones y caprichos?

La respuesta que nos da el conocimiento actual y que, si refl exionamos un poco, encontraremos que lo hemos sabido desde siempre, es sí. Porque seguro que todos tenemos la experiencia que hemos aprendido por el gusto de conocer y que hemos trabajado por el gusto de crear. Esto nos lleva a los sistemas de motivación que abordaremos en los próximos artículos.

 

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