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25/07/2012

"La letra con sangre entra". Fue dicho hasta ayer. Castigos morales con suspensos y ridículos, castigos físicos como los brazos en cruz y el golpe de la regla en la palma de la mano y dedos, según la severidad del castigo. Todo esto se encuentra en nuestra memoria.

Hoy existe otra manera menos bárbara de actuar. Jugamos con un sistema de premios, amenazas y castigos. Buenas notas y suspensos. Sobre todo hablamos de voluntad, y se piensa, sin proclamarlo demasiado, que la amenaza es el motor de la voluntad.  "Puede más, pero no quiere" dicen los profesores a los padres. "Hay que exigirle más en casa". Y empieza la ceremonia de la exigencia, la bronca y el castigo. Algunos afortunados se libran de este círculo doloroso. Son los ensalzados y motivo de orgullo parental. En cualquier caso, no se sabe, generalmente, por qué unos son vagos y rebeldes, y los otros aplicados.

Tal vez la letra entre con sangre o con amenazas y castigos. Pero si entra, entrará muerta. No generará la pasión por el conocer y actuar. Nunca lo hizo, a pesar de que se siga insistiendo en ello. Nada que entre por la violencia es objeto de gusto.

En una u otra formulación, subyace la idea de que al niño no le gusta conocer. Por eso es necesario algún orden de estímulo: si no son los premios –que no funcionan mucho- será algún orden de violencia. ¿Quién piensa que el muchacho o la muchacha, por las buenas, se pondría a aprender?

Y, sin embargo, en los albores de la vida, en sus siete y ocho meses, la criatura va a todo, lo coge todo, lo explora todo. Si más colores tiene, o más brillante es, como la cristalería del regalo de bodas, a ello irá. Y subirá escaleras, se introducirá por todos los agujeros, meterá los dedos en los enchufes, explorará sus capacidades físicas y sus habilidades motoras.

En los espacios estrechos de las viviendas de clase media, llenas de muebles, objetos de adorno y electrodomésticos, no ha quedado otro remedio que reprimir esta exploración. Lo mismo ha acontecido en nuestras guarderías, retumbantes de griterío, donde apenas algún tobogán de plástico se encontraba en aquel espacio estrecho bidimensional. Las criaturas más dotadas acababan pegando a otras y tenían irremediablemente que ser reprimidas, o expulsadas del aula. Asistimos a una plaga de diagnósticos de hiperactividad.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con el aprendizaje de las letras, de los números, de las primeras reglas gramaticales, los primeros ejercicios numéricos, los reyes godos y el arte románico? Pues resulta que tiene que ver mucho.

Lo primero, es que, en todas esas exploraciones libres, la criatura descubre características de las cosas y de sus propias habilidades y resuelve problemas: aprende de sí mismo, de las cualidades de las cosas y de su propia experiencia. En segundo lugar, estas exploraciones brotan de su gusto por conocer, no de la imposición, como luego ocurrirá. Son hijas del deseo. Lo que entra, el conocimiento, es buscado y descubierto por él. Y le produce gusto. Y si con lo que ha aprendido, ha podido resolver algún problema para el logro de una situación o un objeto deseado, gozará más aún.

Pero volvamos a la pregunta: ¿qué tiene que ver este juego de exploración, construcción y resolución de problemas inmediatos, con los objetos y problemas de esta cultura que nos ha llevado a explorar nuestro sistema solar? La respuesta, con toda seguridad, está ya surgiendo en quienes leen este escrito.

Con la aparición de la función semiótica –en palabras comunes, la representación mental de los objetos y sus relaciones-, además del espacio exterior, se crea en la niña y el niño un espacio interior. Ya existe en los mamíferos superiores, pero la capacidad humana de representarse mentalmente el mundo, las  relaciones  de sus objetos entre sí y elaborar estrategias de acción sobre ellos, es infinitamente mayor. Dotados estos objetos de nombres, establecidas en números sus dimensiones y relaciones, y construidas en el lenguaje las secuencias de acción -es decir, llegado al estadio pre y conceptual de Piaget-, la niña y el niño pueden operar con estos objetos representados en la mente como con los objetos exteriores.  Sólo hace falta que quiera hacerlo como antes lo hacía. Y ¿cuál  es el motor de que quiera, de esa voluntad tan arduamente buscada por padres y educadores? La respuesta es fácil: el mismo de antes, la curiosidad.

Y ¿cómo mantener viva durante el período escolar la curiosidad que antes existía? Esto será objeto de los próximos escritos.

 

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